Un nombre, cinco letras que forman una explosión, un Big Bang, un terremoto que levanta todo a su paso.
Cuando lo conocí me pareció que era el único hombre sobre la faz de la tierra, que el resto de personas en el mundo eran insignificantes, el sonrió y se detuvieron todos los relojes; supe al instante que sería mi bomba nuclear, mi Hiroshima. Él era radioactivo, fatal; supe que sería mi perdición.
Él tenía los ojos marrones, era de estatura mediana, contextura delgada, lucía una mata desordenada de pelo muy oscuro, casi negro. Era la perfecta combinación entre el chico más lindo del colegio y de aquel que sabías que te jodería la vida, y vaya que me la jodió.
Su olor se mezclaba entre el perfume de Dior que usaba y los cientos de tabaco que solía fumar, tenía una camisa azul que sería su marca personal, la que si reconocía en otros lograba hacer que mi corazón se detuviera.
El primer gran desastre de mi vida, antes de él todo era muy insignificante, la carrera que estudiaba, los hombres con los que había salido, la rutina que había formado, todo se volvió pequeño, para darle paso a él, a él y al gran amor que le llegué a tener.
No sé si él se dio cuenta, pero yo sí: sabía, conforme vivía cada uno de esos momentos, que no los olvidaría jamás y que el tiempo se convertiría en una vitrina que guardaría aquellos recuerdos para repasarlos una y otra vez, para no sentirme tan miserable cuando él se fue.
En nuestra despedida le pedí que no se olvidase de mi, que amara a alguien o a muchas más, pero que no le prometiera lo que algún día me juró, que no escucharan las canciones que un día me dedicó y que no adoptasen un perro juntos. Que inventase otras vidas y dejase la que nosotros imaginamos para esa realidad paralela en la que nuestra relación duraba toda la vida.
Las cinco letras de su nombre me iban a doler toda la vida, porque eso era el amor ¿verdad? ¿qué si no?